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de vuelta con el peso

Hace medio año, no, casi siete meses ya, y permitidme el gesto de llevarme la mano a la cabeza lamentando la fugacidad del tiempo pasado; hace casi siete meses, digo, que escribí esto en una historia que titulé 114'8:

Que nadie sintonice esta frecuencia en ninguna radio porque 114'8 no se corresponde con los megahercios de ninguna emisora que venga yo aquí a recomendar. No, no es eso, es más bien un número maldito, una cifra execrable que ha pasado a convertirse para mí en el número de la bestia.

114'8 es mi peso actual en kilogramos. En efecto.

Jueves, ocho de la tarde. Acompañaba a mi mujer a la farmacia que hay justo bajo mi bloque para comprar productos para el cuidado de la piel de su evidente barriga de mujer embarazada. Es una farmacia de estas que abren las 24 horas, casi un hipermercado del medicamento, es enorme. En aquel momento había algunas personas en uno de los mostradores, un guarda de seguridad yendo de aquí para allá y, por supuesto, los cinco o seis dependientes habituales. En un rellano central del extenso local y al mismo tiempo algo arrinconada tras una columna se encontraba la báscula; parecía sacada del Enterprise, con su rayo láser vertical a modo de certero puntillazo que si no logra lobotomizarte por lo menos te mide la estatura con precisión milimétrica, y unas agarraderas laterales que una vez asidas diferencian y calculan tu grasa corporal en forma de insulto métrico decimal. Una verdadera máquina del demonio.

Pensé que disfrutaría de la intimidad necesaria para ese ritual que siempre he evitado. Subí a la plataforma, deposité los cuarenta céntimos de euro que engulló antes de ejecutar su pequeña tortura psicológica, me puse firme, cerré los ojos; ya no había vuelta atrás. Y una inesperada y potente voz metalizada de mujer fatal vociferó a los cuatro puntos cardinales "¡No se mueva por favor!" al tiempo que una ristra de diodos rojos palpitaron a modo de alarma visual como si de una atracción de feria se tratara. El mal ya estaba hecho, todo el mundo que allí se encontraba fue consciente de que el gordo que acababa de entrar en la farmacia se estaba pesando. ¡Maldita sea!.

Yo sólo me atrevía a pensar, "que no lo diga, que no lo diga, que no lo diga", me refería a que no chillase mi peso una vez calculado. Un visor se encendió frente a mis ojos, 114'8, "que no lo diga, que no lo diga" seguía pensando, y mi ruborización se hacía patente y mis músculos se engarrotaban posicionando mi cuerpo de una manera artificialmente firme, casi arqueada hacia atrás. Y volvió a gritar "¡Si desea conocer su masa corporal sitúe sus manos en las asas laterales como indica el gráfico!". No podía acobardarme y con una fuerza inusual agarré las dichosas asas esperando que por lo menos valorase la potencia de mis músculos, pero no, al contrario, me golpeó la psiquis con un incuestionable 35'4 de I.M.C., que la máquina sólo se atrevió a catalogar como "sobrepeso" pero que para la gente de a pie es algo así como gordo de cojones.

Sin tiempo para caer en la desmoralización la máquina volvió a aullar "¡Si desea un informe completo introduzca sus datos!" y haciendo lo propio acabé de una vez por todas con mi tormento. Después, cual proceso electoral, tocaba el momento del análisis de los datos. Pero eso lo dejaré para otra historia.

Desde entonces he tenido la oportunidad de comprarme una basculita de estas de baño, con visor digital y todo, cuyo funcionamiento y resistencia me resultan incomprensibles, algo así como el misterio aeronáutico que permite a los aviones volar; y he logrado, haciendo absolutamente nada, que ese pequeño cuadrúpedo con lomo de cristal se quede en la friolera de 110 kilos. Y así llevo bastantes semanas.

Ahora ha llegado el momento de la verdad. Buscando por la red he encontrado un sitio que vende una dieta milagrosa previo pago por PayPal, la experiencia de una pobre desgraciada enganchada a pastillas para adelgazar (que en muchos casos son perjudiciales para la salud o ilegales) o este sitio, que me ha gustado más porque da una visión del peso y del adelgazamiento mucho más realista y positiva, sin heroicidades (basta con perder una cantidad moderada de peso y mantenerlo) y planteando el adelgazamiento como un proyecto de vida personal, con ejercicio regular y control en la ingesta; ahí es poco.

Sin embargo, lo que realmente me ha motivado esta vez a adelgazar, la mecha que ha detonado mi voluntad, el leit motiv de mi deseo inmediato por tener unas medidas apolíneas ha sido la increíble pérdida de peso experimentada por el laureado director de cine Peter Jackson. Desde uno de sus clubs de fans he recuperado esta foto:
Peter Jackson (antes y después)O esta otra aún más evidente:
Peter Jackson (ahora)Este hombre que ha logrado éxito, fama y dinero, mucho dinero, no habría sido un modelo para mí, sin menospreciar la admiración que siento por su tenacidad y liderazgo para iniciar y concluir con éxito la saga del Señor de los Anillos; si no llega a ser por esta evidencia de voluntad y disciplina para alcanzar ese tipito.

Ahora sí que sí. Son los dos de la mañana y estoy motivado. Voy a celebrarlo con una cucharadita de helado de chocolate.

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